lunes, 3 de agosto de 2015

Diario de un chico escrito por un desconocido; Naturaleza extraña. Día 3

     El amanecer se apresuró y bañaba todo el lugar con su luz, haciendo que todo tuviera un resplandor mágico, ayuda del roció. La segunda planta de la casa se iluminaba y con ella llegaba, desde la granja, el sonido de los animales. Desde la colina se apreciaba el bosque y el riachuelo. A mis espaldas se apreciaba una pequeña porción de casas unidas por un camino en tierra y de estructura semejante a la de Amalia. En la falda de la colina pastaban algunas vacas, junto algunos caballos. Al fondo y muy al fondo un jinete sobre un enorme ejemplar negro, dirigía un rebaño de ovejas y yo desde la colina podía ver como el mundo despertaba luego de un reposo. Los insectos nocturnos silenciaron su canto y los matinales hacían el repertorio de su jornada.
    Pasaron algunos minutos de tranquilidad yo recostado sobre el tronco, mirando al horizonte, viendo como las estrellas se opacaban. Sentí la presencia de un ser. Era Amalia quien llegaba con su pijama y con dos tazas de café, recién hecho. Ella, con su estilo mañanero dejaba ver lo hermosa que era. Aquellos rizos canela y sus labios carnosos y rosados, lo eran todo.
-Con que ya descubriste mi rincón.- Un beso en la mejilla fue lo que recibí junto a una taza de café caliente.
-Es hermoso, no tengo palabras.- mirando la taza de café le di las gracias.
-No hay de que.- Y se sentó a mi lado para apreciar aquel pintoresco paisaje.
    Hubo unos minutos de silencio. Por el rabillo del ojo podía ver que ella me observaba. Una vez yo viraba mi cabeza, ella escrutaba el horizonte como si no sintiera mi presencia. Así estuvimos por unos buenos minutos, hasta que por fin nuestras miradas se conectaron. Los segundos parecieron minutos y su mirada penetraba en mí ser y calentaba mi cuerpo. Quizás estoy siendo un poco melodramático y quizás era el café que espantaba al frió, pero aquella mirada despertó algo más grande de lo que pudiera expresar en palabras. Su mirada lo era todo, sentía como me sonreía con la misma y como yo entraba en su ser apreciando todas las cosas hermosas que tenía. No surgieron palabras solo un delicado beso basto para saber que ese momento nos había hecho sentir lo mismo. Los dos mirando el horizonte no nos dirigíamos palabra. Yo por mi parte maquinaba en todo lo que hasta ahora había sido el fin de semana tan esplendido que había tenido. Amalia solo sonreía como una niña que ha recibido buenas calificaciones y sabrá que la premiaran justo al llegar a casa. Solo aquel momento podía ser interrumpido por algo. Si, por la llamada de Mariel desde la casa, que nos llamaba para el desayuno. Al bajar por la colina Amalia me empujo y cuando justo me destinaba a caer aguante el brazo de esta y los dos bajamos rodando a carcajadas por la colina. Era feliz en esos momentos.
    En el desayuno no transcurrió nada fuera de lugar, solo algunas risas y uno que otro cruce de miradas coquetas. Terminado el desayuno, partimos a ducharnos cada quien por su lado. Una hora después nos encontrábamos en medio del espeso bosque creyéndonos niños jugando a ser exploradores. Aquel bosque lleno de vida hacía de morada a un ecosistema perfecto. Había lugares donde la luz solar nunca llegaba y los insectos que habitaban esas regiones; mariposas, luciérnagas, grillos y anfibios, expulsaban unas luces fluorescentes, cada una de diversos colores. Algunas mariposas tenían colores azules y rosas y los grillos expulsaban colores rojos al chillar. Llegamos a un claro circular donde pastaban algunos venados que al vernos no sintieron miedo y nos acompañaron. Nos acostamos en medio de aquel claro y en el silencio, podía escuchar aquellos insectos, podía escuchar como los chirriaban. Escuchaba a las aves entonaban su trinar, como las serpientes serpenteaban tranquilas y muchos otros sonidos, como el del riachuelo y el sonido que producía la respiración de los venados. Estuvimos meditando con el solo sonido que nos brindaba aquel entorno. Pasamos por el riachuelo, sus aguas transparente servían de espejo al sol y hacía de hogar para un sin número de peces. Llegamos a un charco enorme que lo llamaban “La cueva”. Era una cascada que salía expulsada de la boca de un sistema de cavernas. Allí era donde el río dejaba de ser subterráneo y caía perfectamente sobre una peña enorme. La entrada de la cueva estaba decorada con unos dientes filosos; estalagmitas. Al internarse en la cascada te topabas con dos cuevas más, en ellas habitaban una especie de musgo fluorescente junto a unas rocas azules. Los rayos del sol solo tocaban el interior en la tarde. No habíamos llevado ropa impermeable así que decidimos tirarnos en ropa interior. Allí nos rodeaba solo la naturaleza y era tanta la tranquilidad que no había cabida para pensar en cohibirse. Nos sumergimos en el agua cristalina y nuestros cuerpos vibraban de energía, tanto así que nos atraíamos como polos opuestos. Allí en aquella región del infinito mundo donde aún no llegaba la mano del hombre, nos entregamos y nuestros cuerpos expulsaron todas las energías que habíamos retenido.

    Llegamos para la hora de la cena, todos empapados. Luego de la cena tome un baño y con una botella de vino volví al lugar donde me encontraba la mañana esta vez era yo, el vino, las estrellas y el árbol.