martes, 7 de julio de 2015

Diario de un chico escrito por un desconocido; Flores.

    Y allí estaba yo, sumergido hasta el cuello con las burbujas rebosando sobre las esquinas de la bañera, mis vellos cuando se humedecían tomaban un color más oscuro y eran las esponjas que absorbían los aceites que usaba. Llevaba rato en la ducha; un poco más de lo acostumbrado. Siempre me quedaba largo rato en la ducha, era el momento de estar a solas y filosofar. A veces acostumbraba fumar, tomar cervezas e inclusive vino. La ducha tenía una ventana y la circulación del aire hacia que todos los olores internos se entremezclaran con los externos. Ya sabía que una de mis vecinas me espiaba de vez en cuando. Yo caminaba desnudo por mi piso, al fin y al cabo era mi espacio, y en él podía hacer lo que yo quisiera. Ella solía verme desde la ventana de su balcón. Desde allí podía ver que miraba mis nalgas redondas y algo velludas, cuando salían de la bañera o cuando me paseaba por él piso. Ella no era como Mercedes. Mercedes sabia como seducirme, lo que si sabía hacer mi vecina era hacerme exponer mi lado exhibicionista y creerme el “vecino sexy”. Ese día por ser muy temprano, las persianas de su balcón aún se hallaban cerradas. Me lleve el café a la ducha y allí meditaba acerca de lo que quería ver en mi vida. Y así estaría largo rato más, sin pensar que ese miércoles encontraría a alguien que me hiciera sentir…
     Cámara en mano decidí irme a explorar la ciudad que me hacía cada vez de ella y sin compasión. Me cogía como fiera salvaje y devoraba cada recoveco de mi ser.  Madame Gurty salía de su piso a recoger el periódico frente a su puerta.  No tenía clientela, pero aun así llevaba una pañoleta violeta y blanca, un camisón violeta con muchos bordados, pantalones blancos y sandalias a juego con él camisón. Un mechón rojo advertía que esta semana llevaría el pelo de ese color, la anterior había sido verde.
-Buenos días Gur.- le salude como de costumbre.
-¿A dónde vas hoy? ¿Estudias?- recobrando su postra con diario en mano.
-No, hoy iré a descubrir la ciudad. Ya sabes a ver que me ofrece hoy.
-¿Qué? ¿En serio? ¿Estás segura?- Mirando hacia el interior de su piso. Ya sabía que no se dirigía a mí, se dirigía a Andrea. Ella solo miro fijamente a donde me encontraba y esbozando una sonrisa satisfactoria menciono siete palabras.- El día está bonito para comprar flores.- y luego sin dejarme terminar, cerró la puerta de una.
     Yo me quede estupefacto mientras analizaba lo q me decía. Era sencillo, comprar flores. Pero ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Para qué o para quién? ¿Qué tipo de flores? Era cierto que yo acostumbraba tener flores en mi piso y que tenía que comprar. Estuve dándole casco a la epifanía de Gur. Y par de minutos luego ya estaba recuperado con cámara en mano y saliendo de mi edificio, listo para la aventura. Llevaba mahonés cortos, zapatillas deportivas, una camisa de futbol, la gorra favorita de papá y mi acostumbrada mochila llena de utensilios. La mochila albergaba en su interior: cargador de pilas, memorias externas extras, mapa, cargador de celular, el estuche de mis lentes y el estuche de las gafas de sol, botella de agua, dinero extra para ocasiones de emergencia, algunos lentes de camara, mi portátil y otros utensilios para la cámara.
     Mi aventura comenzaría en el metro, donde me topé con un grupo de jóvenes actores que hacían un pequeño drama para recaudar fondos. Tome varias fotos y aporte a la causa que según leí en el cartel, el dinero sería invertido para ir a un festival de teatro. En el tren encontré una amiga que de la universidad y que habíamos salido algunas veces. Ella me mostro su aro de compromiso y me dijo que esperará la invitación a la boda. Llegue a mi destino. Un lado de la ciudad muy tranquilo. Yo tengo la acostumbre de asentarme en las plazas públicas, allí donde las personas se abarrotan para hacer actividades al aire libre. Un señor de algunos 50 años cargaba con un aparato muy curioso y algo parecido a lo que se usa para hacer burbujas. Lo espié mientras cruzaba la plaza a zancadas, se posó en un lado cerca de unas mesas y luego de un rato aparecieron burbujas enormes, casi del tamaño de una persona, por todo el lugar. Me preocupe por los niños, no fuera ser que una burbuja de esas se tragara a uno de ellos y los llevara volando hasta la estratosfera. Pase mi tarde entre fotos. Al llegar a casa sacaría las mejores de ellas. Algunas llamarón mi atención. Una de ellas fue la de dos jóvenes tirados en la grama viendo el cielo, otra de un niño de rizos claros llorando de la risa, una en la que un anciano hacia acto de su caballerosidad y en otra una joven madre espiaba a su niño mientras éste tiernamente sujetaba la mano de su hermanita que comenzaba a caminar. Ya eran las cuatro de la tarde y decidí que era hora de regresar. Pase por un jardín y pensé en las palabras de Gur << El día está bonito para comprar flores. >> Y así fue.
     Amalia se alegró al verme entrar y no fue la única, yo también me alegraba muchísimo. Rodeada de flores era una especie de ninfa que me inspiraba a fotografiar. Su compañía era grata, su sonrisa era hermosa y sus ojos muy comunes al igual que expresivos, tenía algunas pecas que bañaban sus pómulos y no sabía si otras partes de su cuerpo. Conversamos como de costumbre, pero esta vez me atreví a preguntarle algo que jamás me atrevía preguntarle.

Esa tarde salí con unos tulipanes y mi primera cita con Amalia